LEYENDAS DE PESCA Y CACERIA ENTRE EMBERAS Y AFROS

 



INSTITUTO DE INVESTIGACIONES AMBIENTALES DEL PACIFICO-IIAP

 

 

Foto: Toño Cardona. Río Panguí-Chocó

 

LEYENDAS DE PESCA Y CACERIA ENTRE EMBERAS Y AFROS

 

 

Antonio María Cardona

Instituto de Investigaciones

Ambientales del Pacífico-IIAP

 

Nuquí-Chocó

Año 2012

 

 

LEYENDAS DE PESCA Y CACERIA ENTRE EMBERAS Y AFROS DEL GOLFO DE TRIBUGÁ-CHOCÓ

 

 

I. INFORMANTES  EMBERAS

 

COMUNIDAD DE JAWA

José Morales, Investigador comunitario

Leovigildo  Kunampia, cabildo mayor

Miltón Cabrera, docente

Edgar Sanapí Tripikai, cazador

 

COMUNIDAD DE NUQUÍ ARRIBA-TANDÓ

Armando Hanipe Cabrera, Investigador comunitario

María Elia Cabrera, secretaria Cabildo

Juvenal  Cabrera, gobernador Tandó

 

COMUNIDAD DE PANGUÍ-YUCAL

Francisco Quiro (Célimo), investigador comunitario

Fátima Cabrera, agricultora

 

II. INFORMANTES AFROS

 

COMUNIDAD DE JOVÍ

Mariano Urrutia, investigador comunitario

Gerineldo Valdez (Cherrengue), cazador

COMUNIDAD DE LOS TERMALES

Pablo Córdoba, investigador comunitario

Antonio Valencia, cortador de damagua y pescador

Wilson Valencia, pescador

 

COMUNIDAD DE PARTADO

Evangelista Salas, investigador comunitario

Manuel Remigio Salas, plantero y cazador

 

ÍNDICE

Historias y leyendas emberas

1.     HISTORIA DE BIDÓ

  1. HISTORIA DE YARRÉ Y CHIVIGUÍ
  2. KURIVA Y LOS HIJOS DE TIGRE
  3. IMAMÁ, Y KURIVA COMIENDO SEMILLAS
  4. KURIVA Y LA FIESTA DE LOS ANIMALES
  5. KURIVA Y TÍA BALLENA
  6. CAZADORES DE TIGRE
  7. EL GUANGANO ENAMORADO
  8. HISTORIA DE NUSÍ
  9. LOS HOMBRES QUE CAEN DEL CIELO
  10. JEPÁ

Historias y leyendas afros

  1. PABLO JOSÉ EL BRUJO JUGUETÓN
  2. ENTUNDAO
  3. LA MUERTE QUE VUELA SOBRE LA PIEL DEL MAR
  4. CACERÍA DE ZAÍNO
  5. EL TIO ANTONIO VALENCIA Y LA TINTORERA
  6. NADANDO ENTRE FIERAS

 


 Historias y leyendas emberas 

 

  1. COMUNIDAD DE JAWA

 

HISTORIA DE BIDÓ

Así contaban los viejos esta historia:

El muchacho siempre caminaba para el monte. El padre hizo lanza para el hijo, y le dijo: “vaya para allá, para donde está el puerco de monte”, y levantando la mano le indicó la serranía, allaaá.

El muchacho va viendo, va viendo, va viendo. La lanza. El puerco de monte se va encima, se va encima. La lanza. Se va abajo, se va encima, se va abajo se va encima, y el muchacho siempre regresaba con las manos vacías. Siempre con las manos vacías.

Cogió muchacha. Ella tenía cinco hermanos varones.

El día de la fiesta del matrimonio, fue un problema. El discutía y discutía con los cinco hermanos, porque le decían palabras ofensivas:

¡Usted le tiene miedo a los zaínos!

¡Usted tiene miedo al puerco de monte!

¡Usted no sabe cazar!

¡Usted no vale un guakuko!

¡Usted parece mujer!

Eso era problema. Siempre que había tomata en la comunidad. Tomando, tomando, eso, era problema de eso.

El muchacho estaba preocupado.

Usted no lo piense más, le dijo la mujer. Vaya con mi papá, es buen cazador.

El muchacho preparó su lanza, y se fue con el suegro en busca del puerco de monte.

“Lo voy a traspasar cuando lo tenga cerquita” Pensaba.

Encontraron al puerco de monte y el suegro le indicó, como debía hacerlo y lo mando a chuzar.

 El muchacho tiró. Lanza encima, lanza abajo, lanza por encima, lanza por debajo… y nada.

Suegro, hoy no voy para la casa.

No diga eso

—Si hoy no cazo, no vuelvo a casa.

Lanza por encima, lanza por debajo, lanza por encima lanza por debajo.

Va viendo, va viendo. Lanza encima, lanza abajo, lanza encima, lanza abajo.

El suegro si cazaba. Uno aquí, otro allá, uno aquí, otro allá.

¡No volveré! Gritó, el muchacho.

Va viendo, va viendo. Lanza por encima, lanza por debajo, lanza por encima, lanza por debajo, lo cogió la noche… y nada.

¡No vuelvo!  Gritó. Tiró la lanza al suelo y se perdió entre los primeros rayos de luna que se colaban entre la manigua. Era luna buena. Grande. Redondita. Los cerdos salvajes se le vinieron encima, lo rodearon y se lo llevaron. Eso fue lo último que vio el suegro porque la noche venía encima, y él debía regresar a casa.

Caminando, caminando, vea pa´aquí, vea pa´allá, el muchacho y los cerdos de monte llegaron a otro mundo.

Allí estaba Pakoré wera la dueña de puerco de monte. Curaba a los zainos heridos por los hombres y de inmediato sanaban.

Pasó la luna buena. Un día, la gente se fue a mirar animales, a cazar el puerco de monte.

Allá lejos donde está una palma de amargo, encontraron al muchacho subido, arrancando pepas y alimentando a los zainos y a los puercos de monte. Lo cogieron y lo trajeron. Los puercos de montes y los zainos lo siguieron hasta muy cerca de la casa. La gente no tenía que ir lejos para cazar los zainos. Pero un día el muchacho se fue y se llevó a los animales, o mejor, los animales se lo llevaron a él, y desde entonces, ni el puerco de monte ni el zaino han vuelto a merodear cerca de las viviendas.

Informante: Edgar Sanapí Tripikai.

 

HISTORIA DE YARRÉ Y CHIVIGUÍ

A Chiviguí, el tortugo le gustaba pasear las mañanas y las  tardes por la orilla del río. Se relajaba tomando el tibio sol sobre las grandes piedras o en algún tronco anclado a flor del río, siempre muy cerca del agua por si había peligro lanzarse y hundirse hasta un buen refugio en las profundidades. Cierto día mientras tomaba plácidamente el sol, vio a la joven venada que venía a bañarse al río. La venada estaba jovenciando y mostraba al sol y a las aguas el esplendor de su juventud y su hermosura;  bien pintada de negra jawa y luciendo hermosos collares de coloridas semillas de la selva, de inmediato se sintió anudado por la liana del amor, y aunque era muy tímido, decidió  hablarle. Ella le correspondió con una coqueta sonrisa y suaves palabras de amor. Así  Chivigui, el tortugo de rio, bien acicalado iba todas las tardes a platicar con la joven venada y terminaron siendo novios.  Desde una alta rama del jiguá negro, Amisurrá el mono colorado observaba atento los amoríos de los novios y le daban muchos celos pues él también estaba interesado en la venada.  En ese tiempo mono cotudo tenía un perfil muy agraciado por el que muchas mujeres suspiraban. Humm. Vistes que hermosa nariz tiene Amisurra, fileña y bien proporcionada- decían.

Yo tengo que conquistarme esa hembra, pensaba Amisurrá. Cómo pudo enamorarse de ese tortugo tan feo; tiene caminar lento y pesado y un burdo caparazón. No, ese no es hombre para esa hermosura. Hablaré con ella.

Venada era muy coqueta, y gustosa aceptó los galanteos del mono colorado. Se admiraba cuando se esponjaba en las ramas y lanzaba su voz de trueno que retumbaba en toda la selva.  Que masculinidad en esa voz., suspiraba la joven y apasionada venada. Para no alargar la historia, Amisurrá terminó de novio de la joven y agraciada venada. Por lo que Chiviguí y Amisurrá  se enemistaron.

Una noche había una gran fiesta de los animales con música y tomata en el tambo del Pavón.  Venada fue con su madre y sus mejores galas; estaba hermosísima y era comentario, miradas y suspiros de todos los hombres.

Esta noche va ser la noche de mi desquite, decía Chiviguí, y fue a la fiesta dispuesto para lo que sea. Pero  Amisurrá alerta no le dio chance de nada, desde la primera tonada,  cual ágil era, Amisurrá saltó y sacó a bailar a la venada, mientras Chiviguí que tenía las mismas intenciones, con sus cortas patas apenas daba los primeros pasos hacia la joven venada. Se quedó tieso y frío a mitad de camino ,y no le quedó más opción que seguir andando, no devolverse y sacar a bailar a la vieja venada, para no ser burla de todos que lo miraban caminar hacia ellas. En la fiesta había mucha chicha y biche, y al cabo de un tiempo todos los animales, machos y hembras, estaban entonados y la fiesta muy alegre y animada; risas, gritos y buena música de tambor y flauta duce o carrizo.

Amisurrá y Chiviguí terminaron cruzando palabras en tono cada vez más fuerte, hasta que el biche y la chica se les subió a la cabeza y enceguecidos de ira y celos se fueron a las manos; más ágil que Chiviguí, Amisurrá pegó primero asentándole un tremendo puñetazo a Chiviguí en el pecho, tan fuerte que este  rodó por el piso de palma hendida del tambo, tumbando motetes y javas  a su paso y regando cantaros de chicha y fue a dar de bruces contra el duro suelo del patio. La gente arremolinaba alrededor de los contendores corrió al borde del tambo a mirar que le había pasado a Chiviguí. Alguien gritó: ¡Mataron a Chiviguí!, otro dijo: ¡Corran, corran!, ¡vengan aver! Amisurrá acaba de matar a Chiviguí.

Patas arriba Chiviguí estaba  e inconsciente en el suelo, sin mover tan siquiera una patica. La alarma se regó. ¡Lo mató!, ¡lo mató!. Pobre Chiviguí.

Los hombres cargaron a Chiviguí y lo colocaron en medio del tambo, patas arriba como lo habían encontrado en el suelo. No está muerto dijo alguien. Entonces que la fiesta siga dijo otro. La fiesta se reanimó. A Chiviguí le echaron  agua y le dieron Chicha y volvió  a sus cabales, aprovechó el tumulto que se dispersaba al lado de él y sacó a bailar a la joven venada que estaba cerca atenta a los acontecimientos. Amisurrá estaba que se moría de celos y al pobre no le quedó otro camino que bailar con la  madre de la joven, la vieja venada, pues se había quedado también a medio camino. Venada siempre coqueta, le hacía risitas y ojitos a Chiviguí. Amisurrá no se pudo contener; dejó de bailar y fue a reclamarle a Chiviguí, alerta Chiviguí le sacó la mano dándole un soberbio puño en pleno rostro que el pobre mono cotudo salió volando por los aires y fue estrellarse allá fuera lejos del tambo.  ¡Lo mato! ¡Lo mató!, gritó la gente, la alarma se rego como llama en monte seco: ¡Turtugo mató Amisurrá!. ¡Tortugo mató Amisurrá!. Allá esta tirado en el piso, muertecito, decían todos. Pobre Amisurrá.  Los hombres trajeron al mono y lo tiraron en medio del tambo, cuando se reanimó con un buen trago de biche, se tocó el rostro y tenía aplastada la nariz.

Esa pelea acabó con la fiesta. Venada tiene nuevos amores con el Pavón. Y dicen que  Amisurrá perdió para siempre su hermosa nariz, y quedó con la cara hundida y la nariz chata, al igual Chiviguí, quedó con el caparazón hundido en el pecho. Y todo por celos en una contienda de amor.

Informante, Leovigildo Kunampia

 

Cuentos infantiles  embera

Historias de Imamá y Kuriva

  1. COMUNIDAD DE PANGUÍ-YUCAL

 

KURIVA Y LOS HIJOS DE TIGRE

Todo empezó porque Tío Tigre es muy prepotente, se cree el amo y señor de la selva, a todo el mundo intimida con sus horribles gruñidos. Todos los animales le tienen miedo. Pero Kuriva, el pequeño y humilde ñeque no le tiene miedo.

Hablando un día con los otros animales, la ardilla comentó. Tío Tigre se cree Dayi-Ankoré (Dios), se come al venado, se come al zaino, al cerdo de monte, al oso, a la guagua a todo el mundo; camina despacio con la cabeza alzada de lo puro engreído, pueda ser que un día alguien le dé su merecido.

Nadie puede con Tigre, dijo graznando el Pavón desde una rama baja. Kuriva escuchaba en silencio mientras comía semillas de amargo al pie de la alta palmera.  Pensó que de pronto él podía hacer algo para enseñar a Tigre que no es bueno darse ínfulas de nada, pues de cualquier tronco viejo puede salir una serpiente.

Kuriva sabía que Tía Tigra estaba recién parida y con mucha hambre, ya que por su embarazó no iba a cazar y menos ahora con tres voraces hijos que la consumían a toda hora mamando su leche. Estaban muy pequeños y no se atrevía a dejarlos solos, ni mucho menos encomendárselos a alguien. Tía Tigra no confiaba en nadie.

Kuriva se presentó ante Tía Tigra y se ofreció de cuidandero.

¿Tú?, refunfuñó tía Tigra incrédula.

Si yo. Soy cuidandero y además buen cocinero. Hago unas comidas exquisitas; una carne rojita, o blanca puede ser, el color no importa, lo que importa es el sabor y el buen olor. Exquisita Tía Tigra, exquisita. No se va arrepentir. Confíe en mí.

A Tía Tigra se le aguaba la boca oyendo hablar de comida. Y su hambre y su glotonería le hicieron aceptar la oferta de Kuriva.

Bien, dijo.  Pero ten mucho cuidado Kuriva, te estaré vigilando. Ve y calma esos cachorros y prepara algo de comer, lo más pronto que puedas. Yo voy al rio a tomar agua, a darme un baño. Tengo los huesos entumidos de tanto estar echada.

Tía Tigra se fue y de inmediato Kuriva se dio a sus menesteres de aya y cocinero.

Cuando Tía Tigra regresó, Kuriva le tenía preparado un suculento plato de carne bien adobada con yerbas, que Tigra devoró en un santiamén.

Muy bueno, muy bueno decía, limpiándose su negro hocico con los pelos de la pata derecha. De verdad eres muy buen cocinero Kuriva. Aduló Tía Tigra. ¿Dónde están mis hijos? Jugando por ahí. Ponlos a mamar, que con esta comilona voy es a dormir, y se tiró cual larga y grande era, mostrando su panza y sus grandes pezones llenos de leche. Kuriva trajo los cachorros y los puso a mamar, Tigra entre despierta y  dormida sentía que sus hijos le mamaban plácidamente.  Falta uno, dijo entre bostezos.

Ya lo traigo, se quedó jugando. Ya lo traigo. no se preocupe todos están bien.  

Retiró los cachorros que estaban mamando y luego volvió con uno y lo puso a mamar en la teta que estaba más llena. Tía Tigra se durmió.

Al día siguiente se repitió la escena. Después de la sabrosa comida Tigra se echó adormitar. Tráeme a los  cachorros ordenó.

Faltan dos dijo, adormitada.

Ya los traigo, están jugando en el viejo tronco. Ya los traigo, aunque sea de uno a uno. Kuriva retiró el cachorro y volvió con uno y lo puso a mamar. Ya voy por el otro, es el más rápido y juguetón, se escondió en el viejo tronco. No se preocupe, ya lo traigo Tía Tigra. Retiro el cachorro, se fue con el y volvió  a ponerlo a mamar. Tigra se durmió.

Al día siguiente después de la comida, Tía Tigra mandó por sus cachorros. Ya los trigo, me demoraré algo,  están muy grandes y juguetones, ya casi no puede cogerlos, pero los traeré. Descanse tranquila. Los traeré de inmediato. Al tiempo Kuriva no volvía y Tía Tigra se levantó preocupada y malhumorada como siempre, para saber de la tardanza de Kuriva, pero ni Kuriva ni los cachorros estaban. Tía Tigra se dio cuenta que Kuriva la había engañado y se había escapado. La suculenta comida era la carne de sus propios hijos, y apesadumbrada lloró amargamente a sus tres cachorritos.

Informante: Francisco Kiro

 

 

 

IMAMÁ, Y KURIVA COMIENDO SEMILLAS

Cuando Tío Tigre se enteró de que Kuriva había engañado a su mujer, haciéndole comer sus propios hijos, sus ojos chispeaban en candela de rabia y sus gruñidos hacían temblar la tierra y esconder a todos los animales.

Me las pagarás Kuriva, me las pagarás. Y endemoniado se fue por toda la selva en busca de Kuriva.

La lechuza que lo ve todo desde la oscuridad del hueco del árbol  de espavé donde vive, le dijo  a Tigre que Tío Kuriva andaba por la quebrada comiendo semillas, y allí lo encontró Tío Tigre, sentado plácidamente en una piedra cascando nueces.

Tigre llegó extenuado y hambriento, pues había tenido que correr mucho para encontrar a Kuriva. Como Kuriva estaba de espaldas Tigre no veía bien lo que estaba haciendo. Sabía que no podía atacar a Kuriva, Kuriva era muy veloz y muy listo. Si lo atacaba de golpe Kuriva se le iría, Kuriva aunque estuviera de espaldas y comiendo, siempre estaba alerta. Antes de que él llegara a la piedra donde estaba Kuriva, este lo sentiría y daría un salto y caería a las aguas, seguro ganaría la orilla primero que él, y en tierra era imposible atraparlo. Kuriva no es solo veloz, sino astuto, daría vueltas y vueltas y perdería muy pronto a cualquier perseguidor, desde su escondite lo vería  loquear buscando su rastro y luego dando saltitos o caminando menudito casi sin rozar la hojarasca para no hacer ruido ni dejar huella, entraría a su madriguera entre las intrincadas raíces de los viejos árboles, o entraría a un tronco hueco donde ningún animal puede sacarlo. Así que se guardó su rabia y empleo la vía diplomática, la de conversar tranquilamente con él para acercase más, y ese fue su error.

¡Hola Kuriva! Saludó Tigre fingiendo amabilidad, como si nada en el mundo hubiera ocurrido.

Hola Tío Tigre, ¿en qué andas?-respondió Kuriva

No, en nada, paseando por aquí. ¿Qué haces?,  preguntó Tío Tigre.

Comiéndome las huevas.

¿Qué?

Comiéndome las guevitas, son muy ricas. Tío Tigre

¿Y eso se come Kuriva? Preguntó intrigado Tigre.

¡Claro!. Es lo más sabroso del mundo. Y te aseguro que te quita el hambre por buen tiempo. En la selva nada es mejor que esto. Observa, le dijo Kuriva a Tigre, mirándolo por encima del hombro. Ya me comí una, ahora me voy a comer la otra. La colocas sobre la piedra y con otra piedrita le das un golpe y ella abre y allí dentro está la nuez más exquisita del mundo.  Humm se me hace agua la boca, dijo Tío Tigre. Kuriva hizo como si golpeara su gueva, pero rápido de mano, golpeo fue una semilla que tenía escondida en la mano de las que se estaba comiendo. Victorioso mostró a Tigre la blanca pulpa de la nuez y la engullo rápidamente.

Tienes cara de hambre Tío Tigre, tu puedes comerte una, con una basta y puedes dejar la otra para otro día, ellas vuelven a nacer otra vez y rapidito.

 A Tigre se le alborotó el hambre. Y sin embargo se atrevió a preguntar. ¿Eso duele?

Que va hombre, que va a doler eso. Acaso vez que me estoy muriendo de dolor. Ay Tío Tigre y yo que pensaba que usted no era tan…

¡No soy cobarde!, si es lo que insinúas.

Bien, bien. Relajado, relajado Tío Tigre, yo no he dicho tal cosa. Pero si le digo, que una te caería muy bien.  Usted coge una piedra grande, porque la suya es grande, la coloca sobre una piedra y la golpeas duro y ya.

Tigre se animó, recogió una  enorme y dura piedra y se dispuso a cascar sus nueces.

 Con esta hambre que tengo creo que me comeré  las dos pensó, y después me lo come re a él.

Tigre alzó la piedra, descargó un duro golpe sobre sus grandes bolas… ¡paá!. Pegó un alarido de dolor que estremeció la selva, cuando se repuso, ya Kuriva no estaba en ninguna parte.

Algunos dicen que Tigre todavía corre en la selva persiguiendo a Kuriva.

Informante: Francisco Quiro

 

 

KURIVA Y LA FIESTA DE LOS ANIMALES

Tio Kuriva, el ñeque o guatín, le había jugado muchas bromas pesadas a Imamá el Tigre. Tigre estaba dolido y muy molesto con Kuriva y daba lo que fuera por tenerlo entre sus garras.

Un día Pakoré Wera, la dueña de los animales, decidió organizar una gran fiesta y ordenó a Imbisú, el  chupaflor que volara rápido e invitara a todo el mundo, ningún animal debía de faltar a la fiesta. Cuando Tío Tigre se enteró. Dijo: esta vez Kuriva no podrá escaparse. Tendrá que ir y la fiesta y no tendrá donde esconderse. Todos los animales se ríen  de mí, por todas esas cosas que me ha hecho. Le voy a dar su merecido delante de todos. De inmediato se presentó ante Pakoré wera y se ofreció de voluntario para controlar la entrada y salida de la gente a la fiesta.  A Pakoré wera le pareció adecuado, que  Tigre pusiera orden en la entrada y salida de tantos animales, siempre se forman alborotos. A Tigre le bastaba su imponente presencia para que todos los animales de la selva agacharan la cabeza.  Claro que Kuriva nunca la había agachado.

Tigre estaba muy contento de ser el portero de la fiesta. Será mi desquite pensaba, tendrá que pasar por aquí. Ya lo veré pidiéndome clemencia ante todos.

“Ningún animal podía faltar”, era la orden de Pakoré wera. Ella hizo la Naturaleza y es la dueña de todo lo vivo, su mandato es ley.

Cuando Kuriva se enteró de que Tigre era el portero, se rascó con la patica izquierda detrás de la oreja en señal de preocupación. No ir a la fiesta pensó. No no, eso era imposible, contrariar a la Diosa de la selva, no era cosa de juego; las consecuencias serían peores que estar entre las fauces de tigre, por poquito lo volvía a uno un gusano y lo aplastaba con una montaña encima, pero uno no se muere, no, está siempre cargando la pesada montaña.  Y ahora… pensó. ¿Qué voy a hacer?

El día de la fiesta fueron llegando con sus mejores plumas, con sus mejores pelos, con sus mejores escamas todos los animales, hasta la serpiente llegó estrenando piel nueva.

Meticuloso Tigre no le bastaba con mirarlos, conocía bien a casi todos los animales de la selva, sin embargo preguntaba, con un ronco gruñido: ¿Y tú quién eres? Los animales lo miraban asombrados pero no se atrevían a  decirle algo.

Soy Begi, decía venado, y vengo a la fiesta. Siga. Y de un salto venado entraba al gran tambo de la fiesta. ¿Y tú quién eres?. Soy  Chidima, la ardilla más pequeña de la selva  y vengo a la …. Ya lo sé, cortó tigre. ¡Entra! ¡Entra!

¡Sigue!, ¡sigue!, date prisa hombre, que retrasas  a los demás. Calma Tío Tigre, calma, cada quien anda como lo hicieron, decía el oso perezoso. Sí, sí, pero ¡ándale!, ¡ándale un poco más rápido! Gruñía Tigre. Y así iban pasando todos los animales. Kuriva observaba desde lejos, pues no sabía todavía cómo iba entrar a la fiesta. Un ruido en el bosque lo sacó de sus pensamientos, era  Opoghá, la iguana que bajaba velozmente de un árbol y corría presurosa sobre la hojarasca, levantando las hojas a su paso para llegar rápido a la fila de la fiesta. A Kuriva se le iluminaron los ojos y  rápidamente recogió resina pegajosa del árbol de caucho y del kanime, se untó por todo el cuerpo y se revolcó en la hojarasca del bosque. Quedó hecho un montón de palitos, virutas y hojas secas, parecía todo menos un ser conocido. Confiado tomó fila y se presentó ante Tigre. Tigre lo miraba y lo miraba, pero a Kurika con su disfraz de hojas y virutas solo se le veían por allá atrás, sus vivaráces ojitos.  Yo pensé que conocía a todos los animales,  dijo Tigre para sí.  ¿Y tú quién diablo eres?, preguntó con verdadera sorpresa:

Soy Hojarasquín del monte -dijo tranquilamente Kuriva.

¿Hojarasquín del monte?

El mismo que toca y baila -dijo risueño Kuriva.

Nunca te había visto, ni sabía de tu existencia,  dijo Tigre un poco molesto por su ignorancia.

Nunca miras para el suelo, le respondió Kuriva.

Entra, entra, antes de que me arrepienta -gruño tigre. Y Kuriva entró.

La fiesta comenzó y terminó muy animada, había chicha y guarapo en abundancia, música de tambores y carrizo. Yarré el mono prieto con sus  agiles manos  tocaba el tambor,  Kuriva soplaba magistralmente el carrizo, y Bokorró el Sapo panzón hacía las  de cantante. Los animales hembras bailaban en fila al compás de la tonóa, el tamborcito sagrado de las hembras, que con delicadeza y maestría golpeaba le venada vieja. Gozaron y bailaron todo la noche. Tigre se mantuvo por todas partes echando ojo por si Kuriva había logrado colarse, pero no lo vio por ningún lado.  Cuando el día alumbró la selva, Pakoré wera agradeció a  los animales por haber venido  a su fiesta y felicitó especialmente a yarré, el mono prieto, al sapo, al hojarasquín y la venada vieja por sus magistrales intervenciones musicales y los despidió a todos.  Tigre se mantuvo en la puerta, preguntando, ¡Y tú quién eres?. Bien, bien. Puedes salir. ¡Vete!, ¡vete!

Sapo borrachín salió de último, más prendido que fogón en cosecha de maíz, siempre calentando chicha. Tú no vistes a Kuriva por ahí, le preguntó Tigre.

Claro que lo vi. Tú tú, qué,  te quedaste ciego Tío Tigre. Dijo Sapo borrachín buscando donde agarrarse para no caer de la borrachera que tenía.

¿Dónde estaba?

¿Cómo que dónde estaba?, ahí en la mitad del baile  tocando el carrizo.

¿El Horajasquín?- exclamó Tigre.

Sí señor, dijo Tío Sapo borrachín. El mismo que canta y baila.

Llorando de rabia, Tío Tigre gritó:

¡Maldita sea!... ¡Me la ganó Kuriva otra vez!

 

KURIVA Y TÍA BALLENA

Paseando por la playa Kuriva vio a la ballena que balseaba plácidamente a flor de agua.

¡Hola, Tía Ballena, cómo está!

Bien Kuriva, muy bien. Y soltó su chorro de agua, que se elevó varios metros y salpicó a kuriva en el lomo.

Que creída es pensó, Kuriva.

Kuriva siempre andaba buscando diversión y se le ocurrió retar al enorme animal.

Tía Ballena, le dijo, yo he pensado que aunque usted es muy grande y pesada yo la puedo vencer a usted.

La ballena soltó una enorme carcajada, que hizo arreciar a las olas que llegaban a la playa y Kuriva debió correr como el chorlito para no ser mojado.

Kuriva se acercó hasta las narices de la ballena, y mostrándole su brazo le dijo muy serio: Este bracito que usted ve aquí Tía Ballena, tiene mucha fuerza. Este bracito la puede sacar a tierra. No se engañe.

Ballena no podía creer que Kuriva la estuviera hablando en serio, y seguía con su sonrisa de burla.

Aay Tío Kuriva, exclamó ballena, ese bracito no tiene fuerza para mi.

¿Qué no?, replicó Kuriva seriamente. Vamos hacer una apuesta. : A que yo soy capaz de jalarla y sacarla a tierra, y ponerla en esta playa que estoy pisando. Por la seguridad y el tono con que Kuriva hablaba, Tía Ballena aunque no le creía. Quiso divertirse un rato con Kuriva.

¿Cómo es?- preguntó burlona Tía Ballena

Si usted se deja amarrar, este bracito la va a arrastrar hasta tierra.

Está bien, apostemos, no creo que ese bracito me mueva un centímetro.

¿Qué no? Ahora va a ver.

 Voy a buscar un bejuco fuerte para amarrarla. Kuriva salió disparado al monte, y fue directo a la gran montaña y le dijo a su amigo el gigante que la Tía Ballena lo estaba retando, que estaba diciendo, que ella tenía más fuerza que él y que  si la amarraban de la cabeza y jalaba lo llevaría arrastrado hasta las olas del mar. Que él era un gigante enclenque que no podía compararse tan siquiera con una barba de ella.

El gigante se molestó mucho por lo que consideró fanfarronadas de la ballena. Él era el gigante más fuerte de la selva y nadie podía poner en duda su fortaleza. Y le dijo a Kuriva, que aceptaba el reto de la ballena.

Bueno yo se lo diré. Consígase un bejuco bien largo y bien fuerte para amararla. Yo la amarro bien por el cuello y usted tira con todas sus fuerzas. Desde aquí, Tío Gigante, desde aquí. No tiene que ir a la orilla, yo me encargo de todo. Usted está muy rabioso y si la ve le puede aplastar la cabeza de un manotazo. Mejor tranquilícese. Relajado, relajado  tío Gigante que va a necesitar de todas sus fuerzas. Tía Ballena es grande y fuerte, pero no creo que pueda con usted. Espera aquí. Es mejor que ella no lo vea. Kuriva regresó a la playa, mientras el gigante buscaba un largo y fuerte bejuco para amarar a la que suponía una engreída ballena.

Ya encontré el bejuco Tía Ballena, no se vaya desesperar, voy por él. Ya vengo. Aquí en tierra la voy a poner Tía Ballena. Va a ver. Y Kuriva se fue corriendo otra vez a selva donde Tío Gigante. Al rato volvió tirando de un largo bejuco y amarró con sabio nudo de marinero a la enorme ballena por el cuello. Bellena tranquila lo dejo hacer, pensaba que eso eran necedades de Kuriva. Listo tía Ballena, le dijo Kuriva cuando terminó. Ahora, cuando yo diga ya, usted eche a nadar, con toda la fuerza que tenga, porque este bracito, y se lo mostraba, este bracito la va a arrastrar a usted.

Kuriva había acordado con el gigante que cuando él tensará un poco el bejuco y gritara ya, podía empezar a jalar. Y así fue. Kuriva se ancló bien en la arena , tensó el lazo para el lado del gigante y grito ¡Ya!. Ballena echó a nadar,  el gigante empezó a tirar. Ballena sintió la fuerte tensión del lazo en el cuello y no lo podía creer. Con más fuerza tía ballena, que apenas estoy usando un brazo. Tía ballena  miró a Kuriva de reojo y en efecto, anclado en la arena Kuriva tensaba la cuerda con una sola mano.

 Ballena le entró soberbia de que ese ser tan insignificante se estuviera burlando de ella. y arremetió hacia adelante con todas sus fuerzas haciendo tambalear el gigante. Mejor Tía Ballena, mucho mejor le gritó, Kuriva, pero de nada le servirá. Voy a sacarla a tierra. El gigante sintió la tensión del lazo y haciendo más esfuerzo empezó jalar más duro.  El tirón del gigante fue tan fuerte, que ballena quedó con cara a la playa viendo a Kuriva sonriente tirando de la cuerda. No podía creer lo que le estaba pasando. “Ese bracito” de Kuriva la estaba arrastrando hacia la playa, pues ella no veía al gigante, que atrás de la espesa vegetación la jalaba con todas sus fuerzas. Después de un largo rato de forcejeo, ballena quedó anclada en  la tierra, y solo su enorme cola sentía  la  humedad de las olas que llegaban a la orilla, mientras Kuriva le decía:

Se lo dije Tía Ballena, que este bracito tenía mucha fuerza.

Y fue así como Kuriva engañó y le ganó a la ballena con la ayuda del gigante de la montaña.

 

Informante: Frsncisco Quiro. (Célimo)

 

 CAZADORES DE TIGRE

 

Llegaron rumores de viajeros que en la parte más alta del río Panguí merodeaban los zaínos y los cerdos de monte, pero también los tigres.  Por temor a los tigres muy pocos cazadores se aventuraban por esos lados.  Dos valerosas mujeres animaron a los hombres y organizaron una expedición de caza por esos lares. Valdrá la peña decían ellas, hay muchos zainos. Los cazadores remontaron  sus canoas a impulsos de palancas hacia las cabeceras del torrentoso Panguí, donde los enormes y frondosos árboles de pichindé entrelazaban sus ramas de orilla a orilla formando un túnel oscuro sobre las aguas del rio donde los rayos del sol nunca penetraban. Debían durar muchos días en cacería, preservar la carne obtenida ahumándola en rusticas barbacoas, para las cuales las mujeres eran especialistas. Solo llevaban sus lanzas y sus machetes y todo el buen ánimo de hacer una buena cacería de cerdos salvajes y traer abundante carne para sus familias.

La expedición la conformaban las dos valerosas mujeres con sus respectivos maridos y un tercer e imberbe muchacho que realizaba sus primeras experiencias de cacería.

Dejaron sus canoas bien resguardadas, lejos de las torrentosas crecientes del Panguí y se internaron en la selva hacia las partes altas de la serranía a donde habían sido avistados los cerdos salvajes. Se refugiaron en un pequeño tambo provisional de cazadores para descansar del largo y extenuante viaje a impulsos de pértiga contra la corriente y organizar la partida al día siguiente. Las mujeres asaron pescado y bananos verdes que habían obtenido en el camino y una infusión de chocolatillo que llevaron en polvo, endulzado con miel de abejas. Animados por el calor de los leños, del rico olor del pescado asado y la grata compañía de las mujeres, que pocas veces van a las jornadas de caza, planearon relajados la faena del día siguiente. Luego vinieron los chistes, donde los maridos de las mujeres hacían alardes de hazañosas jornadas de cacería; ellos se mostraban en primera línea como seres valerosos y osados, matando tigres y venciendo todos  los obstáculos habidos y por haber. El joven y las mujeres escuchaban atentos pues nunca habían oido relatos de tanto valor y tanta hazaña. De pronto un gruñido lejano de tigre los hizo callar. Se miraron todos, como si en sus miradas se unieran todos los miedos. Las mujeres juntaron los leños y dieron más lumbre al pequeño bohío.

Está lejos, dijo uno de los hombres.

La noche empezaba a caminar y una lluvia menuda cayó inmisericorde sobre el tambo y la selva.

Noche de tigre, dijo una de las mujeres mientras se acurrucaba al lado de su marido. Los hombres no continuaron las historias, el hechizo del cuento había volado en mil pedazos con el rugido de Imamá, el tigre mariposa. Otro bramido más cercano los alertó.

Ya no está tan lejos, dijo la otra mujer. El joven dejó la hoja con la comida que sostenía en mano, la puso con cuidado en el piso de chonta hendida del tambo y fue por su larga jabalina que estaba recostada sobre la barandilla del bohío. Trajo también su machete y lo coloco a su lado.

No llegaran aquí muchacho, dijo uno de los cazadores en tono burlón.

Uno nunca sabe, dijo el joven con tono sentencioso.

Otro tigre bramó más cerca. Las mujeres se inquietaron y se apretujaron más a las costillas de sus maridos. Ahora los “valerosos” contadores de chistes tenían el rostro desencajado y su mutismo era diciente de que el temor empezaba a salírseles por los ojos. Uno detrás de otro los ronquidos de tigre inundaron la noche. Desde la penumbra del tambo el joven vio el temor en los ojos de los hombres, las mujeres también lo sintieron, desde  su posición al lado de sus maridos no podían verle los ojos. Los tigres volvieron a roncar desde la obscura manigua.  Las mujeres y el joven alertas y lucidos, comprendieron que los tigres se llamaban unos a otros y empezaba a  acercarse peligrosamente al tambo. Los maridos de las mujeres también lo percibieron y se  llenaron de pánico; espantados, de un salto ganaron la selva como alma que se la lleva un guangano y desaparecieron en la oscuridad de la noche, dejado abandonados a su suerte al joven y a sus mujeres.

Se fueron esos desgraciados, dijo con rabia una de las mujeres.

Ya presentía yo, que sus historias de cacería eran puro alarde, dijo la otra.

Las mujeres fueron  a refugiarse al lado del joven, una de cada lado.

Son muchos tigres, ¿Qué hacemos?, preguntó una.

Los cazaremos dijo el joven, decidido.

Las mujeres se animaron y trajeron las lanzas de sus maridos que como ellas habían quedado abandonadas en ese tambo de cazadores.

Como estamos de leña, preguntó el joven

Mal, dijo una de las mujeres. No hay nada para reponer esos leños prendidos que pronto se apagarán, pensábamos mañana ir por más.

Apenas se apague el fogón, esos tigres saltarán al tambo por nosotros, dijo la otra.

¿Y ahora?, preguntó una.

Debemos salir a enfrentarlos, reiteró el joven. No debemos lanzar las jabalinas. Si fallamos, las podemos perder, y esas fieras se nos vendrán encima. Hay que esperarlos, y cuando te salte, clávale la lanza en el pecho, el propio peso los atravesará. Así decía el abuelo.

Vámonos ya, antes de que estén más carca. Buscaremos el camino al río y cada tigre que aparezca lo enfrentaremos, son ellos o nosotros. Dijo el joven.

Por los bramidos parece ser una manada, dijo una de las mujeres.

No importa, dijo el joven. Somos tres y lucharemos. A nadie se le acurra correr, es la muerte decía el abuelo. Al tigre  hay que mirarlo de frente, que sepa que no le tienes miedo y eso te permitirá saber cuándo ataca.

En esta oscuridad dijo la mujer, ¿quién le verá los ojos?

El ojo del tigre brilla en la oscuridad, decía el abuelo, por muy oscura que este la noche, los ojos del tigre tienen luz, por eso puede cazar de noche. Agucen los oídos aunque su pata sea de seda, la sentiremos, siempre hay una hoja seca u una varita que se quiebra. Bien atentas. Que nadie se adelante ni se quede atrás. Somos tres, pero allí afuera seremos uno solo.

Vamos. Dijo el joven en susurros, pero con vos de mando.

Formando un triángulo humano, las dos mujeres y el joven bajaron precavidos la escalerilla del tambo y pisando suave se diluyeron en la oscuridad.

Avanzaron decididos y sigilosos por el camino que ya conocían. Los agudos oídos del joven oyeron las tenues señales que dejaban los jaguares al andar.  Detuvo el paso, a su lado las mujeres hicieron lo mismo. Expectantes esperaron en silencio la llegada de los jaguares. Son tres susurró una. Alerta. Fuerza en la lanza, dijo el joven con voz casi inaudible. Los felinos, expertos cazadores nocturnos, envolvieron a sus presas; dos cubrían los flancos, uno el  izquierdo y otro el derecho, el tercero venía detrás. Los cuerpos de los fugitivos se rosaban. Con su mano el joven indicó a la mujeres enfrentar los flancos y él espero el del final, y como si se hubieran puesto de acuerdo, los tres gatos salvaje saltaron al tiempo sobre sus presas y tres gritos humanos de combate rompieron el silencio de la noche y las lanza se alzaron hacia las oscuras siluetas que se venían encima y tres tigres atravesados en el pecho quedaron en tierra en los estertores de la muerte e hilillos de sangre entre sus bocas. Repuestos del embate los guerreros, extrajeron las lanzas y presurosos continuaron su huida. Llegaron a una zona de muchos árboles gigantes, con su mano el joven detuvo a las mujeres y haciendo espaldas a un corpulento árbol trazaron rápidamente la  defensa. Sabían que sus pasos estaban siendo seguidos por otros tigres. Sus ojos  habituados a la oscuridad de la selva, observaban atentos las siluetas oscuras de los grandes árboles. Esos dos señaló el joven,  una en cada árbol. Rápidas y silentes las mujeres ganaron los árboles y escudaron sus espaldas contra los troncos, el joven avanzó cauteloso hacia el claro que dejaban los dos árboles donde estaban las mujeres, ancló sus pies en la hojarasca hasta sentir la tierra firme, dando cara al frente del camino que habían recorrido. Son Dos, susurró. Vienen parejos. Listos. Las siluetas oscuras de los jaguares que les seguían el rastro también pararon su andar. Vieron al hombre parado entre los dos árboles pero no a las mujeres que se escudaban detrás de ellos. La silueta negra más grande, de relámpagos rojos en los ojos atacó y detrás de ella el otro felino también. El joven esperó el salto, se agachó un poco para impulsarse hacia arriba con su lanza y atravesó al gato salvaje rondando con él al piso; cuando el segundo felino se abalanzaba sobre el joven  fue atravesado por los costados por las lanzas de las mujeres, pero ágil el felino, viró en su carrera y alcanzó a tirar un zarpazo que desgarró el brazo de una de las mujeres, pero ni así soltó la lanza que tenía hundida en el costado. Machete en mano el joven arremetió contra el jaguar herido y le partió el cráneo de un machetazo certero. Presuroso y jadeantes ganaron el río y con las primeras luces de la mañana llegaron a la aldea, donde ya una comitiva de expertos cazadores se aprestaba  a su auxilio.  Allí delante de todos, las mujeres repudiaron  a sus  maridos y se ofrecieron gustosas  para ser las mujeres oficiales del joven, y lo fueron.

 A los cobarde se les señala, y a los valerosos se les recompensa.  dijo la abuela más anciana de la tribu.

  1. COMUNIDAD  DE NUQUÍ ARRIBA-TANDÓ

 

EL GUANGANO ENAMORADO

Los guanganos, son espíritus malignos de la selva, que moran solitarios o en comunidad formando verdaderos  pueblos de guanganos; entidades sobrenaturales del mundo de los yamberas, que se roza con el nuestro de manera dimensional. Incursionan en el nuestro para enfermar, matar o hacer sufrir a los humanos. Los guanganos tienen las formas más grotescas y horripilantes que puedas imaginar, a veces, toman forma humana para engañar a los hombres y cometer sus fechorías. Siempre merodean las cuevas y las áreas rocosas; gustan de estar en el agua, en lagunas, humedales y pozas profundas de ríos y quebradas. Las formas preferidas es la de los animales feroces de la selva, pero horriblemente transformadas, a veces con parte de uno y otra de otro; se vuelven tigres, pumas, panteras negras, osos, feroces pecaríes americanos, monos, peces enormes (fieras), seres diminutos, gigantes, en fin, lo que ellos deseen. Ankoré. Dios te libre de no encontrarte uno cuando andes la selva. Si tienes la mala suerte, lo mejor es que te alejes los más prudente y silente que puedas. Y si sabes que te ve o te ha sentido, corre, corre lo que más puedas, pues tu vida y tu alma están en peligro.

Solo los jaibaná, sacerdotes embera, y los hombres valerosos los enfrentan, no sin peligro de ser derrotados o perder el alma o la vida. Los guanganos roban el alma de los humanos, se nutren con su jai, energía vital. Quien ha perdido el alma está en peligro de muerte, el trabajo del chamán es arrebatársela en una tremenda lucha de poder. Un brujo poderoso puede enfrentar directamente a los guanganos, pero se cuida de hacerlo y mejor envía a sus aliados que hagan el trabajo por él. Los aliados son espíritus benefactores de plantas y animales que obedecen al chamán para lo que necesite.

Cierta vez un guangano que estaba en el río vio a una hermosa joven que se bañaba en sus aguas y se enamoró perdidamente de ella. Esa misma noche se presentó al tambo, transformado un apuesto joven pintado de jagua y vistosos collares. La mujer estaba acostada con su marido sobre las esteras de damagua, la noche era seca y de luna clara. Eran las nueve y a ella apenas le estaba llegando el sueño. Sintió algo y miró hacia el tronco que sirve de escalera de subida a la casa, sentado al final del tronco vio a un hombre que la miraba fijamente. El marido a su lado estaba ya dormido. El visitante entró y amó a la mujer hasta la mitad de la noche. Todas las noches hacía lo mismo.  La joven empezó a ponerse pálida y vivía pensativa mirando para el río. No quería ya hacer el amor con su marido. El marido molesto empezó a sospechar que su mujer le era infiel. Así que decidió vigilarla y permanecer alerta. Esa noche como de costumbre el guangano transformado en hombre llegó, inmediatamente se dio cuenta de que el marido de la mujer estaba despierto y con su poder lo durmió y amó a la mujer hasta media noche. Pero el marido logró despertar, tal vez por su estado de alerta y alcanzó ver al joven cuando bajaba la escalera muesqueada del tambo.

Mi mujer me está engañando. No hay duda -pensó. Pero no dijo nada. La siguiente noche se armó de filudo cuchillo y se mantuvo alerta. El guangano llegó. El marido lo vio. Se sentó al final del tuco de la escalera y desde allí, arrobado, contemplaba a la mujer que yacía dormida boca arriba,  con su negra  cabellera que le cubría un seno y las piernas ligeramente abiertas. al marido  le entró sueño repentino  y a la ves temor. El guangano sonrió, ellos se fortalecen con el temor de la gente. Pero el hombre no se dejó vencer, lucho con todas sus fuerzas interiores y se mantuvo despierto, pero se hizo el dormido. Cuando el guangano estaba en pleno ajetreo de amor con su mujer, le clavó el filudo puñal en las espaldas, el guangano dio un alarido y bajo el tambo corriendo. El hombre lo siguió, pero se aseguró de llevar un mechón encendido. EL guangano iba sangrando. Llegó al rio y se lanzó a las aguas y ya estaba del otro lado, El perseguidor soltó su canoa, puso el mechón en la patilla y lo siguió presuroso,  en la otro orilla observó los grandes charcos de sangre que dejaba el hombre herido, observó bien con la luz de su mechón y sintió temor, no era sangre roja,  era casi negra.

Sangre de guangano -pensó. Tuvo recelos de seguirlo, pero el agravio y valor fueron superiores. No trató de alcanzarlo, ahora le interesaba seguirlo; el guangano ganó nuevamente el rio y de la misma forma pasó en instantes a la otra orilla.   Estaba buscando atajo. Después  de largo trecho de camino se sumergió en las aguas de una poza profunda y  desapareció. 

Vive allí -pensó el hombre,  Y fue a levantar al jaibaná para que lo sacara de dudas, el chamán observó la sangre que  aún manchaba la daga y exclamo.

Ay muchacho, tuviste suerte, guangano. Si lo hubieras enfrentado en la persecución estarías muerto. Se llevó el alma de tu mujer.

¿Puedes rescatarla?

Intentaré.

De inmediato el jaibaná empezó a beber chicha y a cantar a los espíritus. Cuando alcanzó el trance y podía ver a los jai, llamó a tres  de sus aliados que dormían plácidamente en sus pequeños bastones de canto. A uno le ordenó que sujetara al guangano, al otro que le abriera la boca y al tercero  que rescatara el alma de la mujer. Los aliados llegaron a la poza, uno sostuvo al guangano por la cola, era ahora un enorme pez adormilado en el fondo de una cueva subacuática, cuando se percató de los intrusos ya algo lo inmovilizaba desde su cola, colérico abrió las fauces para atacar, pero el jai segundo no se lo permitió  y se la mantuvo rígida y abierta, el tercero entró y rescató el alma de la mujer que de inmediato voló solitaria al cuerpo de su dueña.

La mujer tuvo conciencia de lo sucedido y pidió perdón a su marido. Pero el hombre estaba resentido, entonces tuvo el jaibaná que intervenir

Tu mujer no es culpable, el poder del guangano hacía que  te durmieras profundamente y que ella participara gustosa en lo que él quería.

 El hombre perdonó a su mujer y siguieron su vida normal de pareja.

 ¿Y el guangano?

 El guangno se encuentra encerrado en su cueva de agua, cercado por poderosas mallas invisibles que no puede romper, quizás hasta la eternidad, o hasta que tenga el poder suficiente para  romperlas,  o lo peor, que un brujo malo decida liberarlo.

Uno nunca sabe con ellos, pues un guangano… ¡siempre es un guangano!.

Informante, Armando Hanipe Cabrera

 

 

 

HISTORIA DE NUSÍ

Contaban los antiguos que una vez un embera se fue un día cualquiera a pescar a un charco cercano a donde vivía. El embera sabía que ese charco o poza, remanso de aguas profundas del río  estaba lleno de peces. Absorto en su pesca se distrajo de todo. Pero allí vivía un Nusí, que al sentirlo descuidado le echó viaje desde su cueva, agarró al hombre con su enorme boca y se lo llevo a las profundidades, y lo fue a dejar al último cucho del taporín de su casa. Allí lo tiró y volvió al agua,  a la superficie por otra presa.  En esa terrible oscuridad el embera no sabía qué hacer, estaba herido, sentía gran ardentía y un terrible dolor en sus heridas,  pronto regresaría el Nusí y se lo comería. En esas estaba cuando escuchó el canto de un paletón,  animado por el canto del tucán, el pájaro de pico largo, empezó a mirar para todos lados con la esperanza de encontrar una salida. De pronto miró hacia arriba y vio una pequeña claridad; tanteando, tanteando llegó hasta ella,  sintió que allí había hojarasca y empezó a retirarla con afán, entonces vio la luz del día por un boquete que tenía el techo de la cueva, como pudo salió y corrió hacia la libertad antes de que regresara el Nusí  Acabando de salir del taporín de la cueva, llegó el Nusí con una arremetida de agua inundándolo todo en busca de su presa. Pero no le fue posible, el hombre había escapado de la muerte en el vientre del Nusí.

El embera se dio cuenta que estaba todo mordido, chuzado por los dientes del Nusí. Extraña eran sus heridas, parecía como si hubiese sido chuzado con una tuza de maíz dura y cortante, de inmediato cayó enfermo, el Nusí le había robado el alma, como pudo, sacando fuerzas de donde no tenía, fue en busca del jaibaná grande que lo curara.  El jaibaná la vio y lo trato. Hizo su trabajo. El jaibaná se enfrentó al Nusí y le quito de la boca el alma del embera, que de inmediato se sanó.

Por esto  en la pesca en los charcos hay que estar muy alerta, pues cuando un Nusí hecha viaje a una persona obligatoriamente hay que hacerlo tratar de un jaibaná, sino, el Nusí termina comiéndose el alma de esa persona y muere.

Informante: Armando Hanipe Cabrera

 

LOS HOMBRES QUE CAEN DEL CIELO

Creen los emberas que si una persona de su grupo étnico ha tenido relaciones sexuales con blancos o negros, al morir se convierte en animal. Si ha sido correcta, cuando muere, se presenta ante Ankoré (Dios),  y ahorcajadas en Ankosotor, el golero blanco o Gallinazo Rey, lo envía a Bajá el mundo donde van los muerto, pero si ha tenido relación sexual con negro o blanco, lo tira al “mundo del fuego”, regido por Antomiá. Antomía en castigo, lo arroja a la tierra. Muchas veces se oye el estrepito de su caída cuando va atravesando la fronda de la arboleda, de inmediato la gente se traslada rápidamente al lugar del suceso y se encuentran con un animal chamuscado, visos de pelaje amarillento ( pelo mono), por las quemaduras sufridas a su paso por el mundo de Antomíá. Siempre cae  sentado, con su forma humana, pero antes de que se reponga, Onasi lo golpea en la mollera con un bastoncito y lo convierte en animal del sexo contrario a lo que era; la mujer en animal macho y el hombre en animal hembra. Si la relación fue con negro, la persona se puede convertir en mono prieto, mono cotudo. Si la relación fue con blanco, (a los mestizos se les considera blancos), se transforman en venados, osos. Esto siempre sucede después de alguien ha muerto en la comunidad.

Onasi, es un Antomiá, un espirito maligno y juguetón, y siempre está alerta de los hombres que caen del cielo. Él les roba el alma, con ella se nutre. Si la persona protesta le dice:

Ha, muy bravito. Entonces lo convierte en animal feroz, tigre, león rojo, tigre negro, serpiente, puerco de monte, en lo que él quiera.

Esos animales chamuscados, son seres queridos que están penando en su forma animal, y la única manera de liberar  su alma y aliviar su pena es matándolo. Cuando lo matan Onasi libera el alma y el fulano puede seguir su rumbo a Bajá el mundo donde van los muertos. Lo matan a garrotazos o le dan un tiro, su cuerpo es arrojado al río.

La gente no siente ningún remordimiento o pena por esta especie de segunda muerte, porque lo consideran un acto humanitario, liberador.

Informante: Armando Hanipe Cabrera

 

 

JEPÁ

 

Dicen los emberas que por las comunidades de golfo de Tribuga no hay Jepá, los  chamanes antiguos las llevaron lejos.  En la comunidad de Nuqui arriba una mujer me contaba que en municipio del Valle, Chocó, por la región entre el río Brazo (afluente del rio Valle) y el Boroboro, hay una laguna donde hay una Jepá y esta es su historia..

 

Sibira era jaibaná droma (chamán grande), “titulao”, de mucho poder. Llegó con su mujer y sus hijos e hizo tambo por Poza Mansa en la quebrada Diego. Salió con su perrita, a ver. En la región había mucha danta, pavón de todo animal; mucha pesca en los ríos y quebradas donde los pichindés iban de orilla a orilla. Corrió danta, y el animal fue derechito a la laguna de Boroboro; allí había muchos peces, grandes tortuga baches y hasta bufeos o delfines. La danta se tiró al agua. A Sibira que la perseguía se le acabó la selva y se encontró frente una claridad. allí estaba la ciénaga con una playa grande. Esto qué es, pensó. Cantidad de pájaros: garzas, martínez pescadores, gaviotas, pelicanos, cientos de canarios y otros pájaros de tierra y agua.  Sibira clavó su lanza en tierra y gritó. Los peces llamados cochinitos empezaron una danza de remolinos a flor de agua.  A los habitantes de la ciénaga no les gustó  el grito. El agua empezó a “hervir”, no porque se recalentara sino por la expulsión de burbujas de aires como la que sueltan las ballenas sumergidas. Empezó a soplar un fuerte viendo, aguacero, truenos y relámpagos. Signo innegable de la presencia de Jepá, serpiente gigante que cuando abre la boca produce remolinos de succión y lo traga todo: arboles, animales y hasta hombres enteros con sus barcas. Pocos se han salvado del succionar de Jé.  Sibira ante la presencia inminente de la Jepá, empezó a cantar con sus cantos de poder. Para defenderse. Si no lo hacia allí estaba la muerte. La tormenta eléctrica empezó arreciar, cada palo caído por los rayos caía a la ciénaga. Repentino se fue el día y llego la noche. Hágale esa tempestad y Sibira ahí parado, sosteniéndose con su cosa que sabía. Pero ya no pudo más. Salió corriendo, pero en la mitad de la laguna ya Jepá abría su enorme boca y empezaba a succionar todo. El sol que hacía unos instantes quemaba la piel se borró del firmamento dando paso a la repentina oscuridad que formaron negros nubarrones sobre la selva y la laguna. La lluvia torrencial mojó la tierra y erizó las aguas, rayos y truenos ensordecedores caían incesantes y el viento arreció formando grandes olas agitando la laguna. Un frio de otro mundo llenó el ambiente. Ese frío  hacía tiritar el cuerpo y castañear las quijadas. Penosamente el hombre corría contra el vendaval buscando protección, solo tuvo tiempo de llagar a un corpulento árbol, agarrarse a las raíces donde se amarró con su perra que no dejaba de latir con el rabo entre las piernas. Era un perro valeroso, pero ante Jepá hasta el tigre tiene temor, dicen los viejos. Jepá tragaba todo, las ramas secas del árbol donde estaban amarrados, salieron disparadas hacia su boca. Sibira a pesar de lo que sabía  tuvo temor. Pero sabía que si se soltaba iría directamente a la boca de Jepá. Siguió cantando para protegerse. Se encogió sobre sí mismo con las manos en la cabeza y sus brazos cubriéndose el rostro en un inútil gesto de protección, mientras la perrita cazadora quejía y se arrunchaba contra él buscando también protección.  Jepá arreció su sorbo y con él la tormenta también recrudeció. El árbol empezó a bambolearse y sus ramas crujían o se tronchaban y volando en el aire iban directo a Jé. El hombre sentía que estaba perdido, pronto el árbol se descuajaría y amarrados a él los arrastraría hasta la tenebrosa boca de la Jepá. Se resignó a su muerte y a la de su perra, pero seguía cantando sus cantos de poder. De pronto vio venir caminando tranquilamente entre el torbellino  de ramas, hojas, animales e insectos  a una mujer de parumita azul y cabellos largos que se batían al viento succionador. Debe ser un guangano pensó, y viene a rematarme; los guanganos se entienden muy bien con jepá, ella es su canoa; cientos de guanganos pueden montar en su lomo, ella les obedece y los puede transportar a donde quieran. Al sereno paso de la mujer, las ramas, los zainos, y venados cambian la trayectoria de su inesperado vuelo, como si una poderosa mano invisible los desviara. La mujer se acercó y él espero el ataque con un nuevo canto de poder. La mujer le habló. Tienes suerte de que yo andara por aquí, le dijo, y empezó a soltarlos. Lo cogió de la mano y lo llevó lejos. ¡Vete!, corre, corre lo que más puedas. Sibira ni las gracias le dio. Salió disparado selva adentro con su perra abriéndole camino, mientras ella los protegía del vendaval succionador de la Jepá.

Quién era esa mujer, pregunté.

Una jaibaná poderosa que controló  a la jepá y la encerró en el fondo de la laguna, que se fue secando, secando hasta quedar allí un murrapal y barro bravo. Eso hace ya mucho tiempo. Ya Sibira murió. Ahora negros e indios van a pescar de nuevo a la laguna, pero dicen que la jepá se está despertando, porque está subiendo el agua de la ciénaga, y  que a veces salen burbujas de agua del fondo de la laguna. Cuando las ven paran la pesca y se van o siguen pescando en las orillas muy silenciosos, porque a la jepá le molestan los gritos y las voces humanas.

 

Informante: María Elia Cabrera y Armando Hanipe Cabrera


Historias y leyendas afros

  1. COMUNIDAD DE JOVÍ

 

PABLO JOSÉ EL BRUJO JUGUETÓN

  1. Todos en su época conocieron a Pablo José. Como todos los joviseños Pablo José se dedicaba a la agricultura, a la pesca y a la cacería, pero además era brujo, y brujo de los buenos, y utilizaba su sabiduría para divertirse con la gente.

 Se sentaba en el patio de su casa debajo de los frondosos madroños al borde del camino que todos transitaban para ir a la selva.  Una vez pasó un cazador y Pablo José estaba de buen humor.

—¿Pa´onde va usted? le preguntó.

A cacería.

Es mejor que no vaya, hoy es mi día.

El cazador había oído miles de historias de sus travesuras, pero dudaba, y tampoco estaba dispuesto a que nadie interfiriera en su caza.

Si usted se mete conmigo lo mato replicó el hombre con mucha decisión

¿Usted me va a matar a mí? — replicó Pablo José risueño

Si lo encuentro por allá, lo mato, reafirmo severamente el hombre.

Usted no me va matar, no. Usted me va cargar todo el día.

¿Cargarlo Yo? Ya sabe, si lo veo, lo mato. Y se fue refunfuñando.

El hombre encontró pronto  la quebrada, y decidido a que nadie interviniera en sus planes de cacería remontó presuroso y vigilante las orillas. Llevaba su lanza lista.

De pronto, vio una guagua que merodeaba las orillas quizás buscando  alimento. Pero la guagua  percibió al cazador y echó a correr al monte. El cazador siguió su rastro hasta que la guagua se encuevó. Cortó una vara larga y delgada  y la metió por la boca de la madriguera y tanteo la cueva, el inconfundible gruñido de la guagua acosada llegó nítido a sus oídos desde el  fondo de la cueva. Decidido empezó a cavar. Cavó y cavó hasta llegar al fondo de la madriguera y allí no había guagua alguna, sino una rata de ojos vidriosos que lo miraba burlesca, velozmente pasó por entre sus piernas y despareció en el bosque.

¡Esto no puede ser! Gritó. La guagua estaba aquí, yo la oí. Esta cueva no tiene otros túneles de escape, tenía que estar aquí.

No se desanimó, volvió a tomar el curso de la quebrada donde sabía que las guaguas venían beber, a bañarse o comer algún fruto caído. Pronto divisó otra guagua que presta salió de las aguas antes que él pudiera tan siquiera levantar su lanza. La siguió hasta su madriguera y esta vez se cercioró que no tuviera túneles de escape, palmo a palmo revisó el lugar, encontró uno; lo obstruyó con palos, hojarasca y luego lo rellenó y lo pisó con tierra. Por aquí no escaparas —pensó.

Cavó con decisión pasó por el túnel que había obstruido, metió el palo largo y ni oyó ni sintió nada, ´siguió cavando, hundió ahora la vara por el túnel que seguía adelante y el gruñido de la guagua no se hizo esperar, volvió a empujar la vara y la guagua volvió a responder con su consabido gruñido de molestia.

“Estás ahí no. Esta vez no te escaparas, se dijo

Cavó con más rapidez y decisión pero al llegar al fondo de la madriguera la guagua había desaparecido y en su lugar estaba una tortuga de selva.

Bueno, pensó resignado. Tú también te comes. La encapachó con hojas de bijao y la echo al saco y con ella al hombro continuó su cacería. Más adelante le volvió a suceder lo mismo con otra guagua que vio, en el fondo de la madriguera no había nada, a pesar de los gruñidos de tanteo de su vara delgada. Miró la claridad amarilla que se colaba entre la umbría de los grandes árboles, la noche se anunciaba y decidió volver a casa.

Por lo menos, llevó una tortuga se decía.

Cuando dejaba la quebrada e iba tomar el desvió para la aldea, sintió perentorias ganas de dar del cuerpo. Colocó su lanza, su machete y el saco anudado con su tortuga  envuelta en hojas y lo puso al borde de la planicie que moría en la quebrada. Muy cerca de allí encontró el lugar apropiado e hizo del cuerpo, cuando regresó por sus cosas el saco estaba abierto, las hojas donde estaba la tortuga desandadas y encima de ellas sentado, estaba Pablo José, risueño.

Usted dijo que no me iba a cargar, recuerda la rata que pasó entre sus piernas y lo miraba con ojos vidriosos, me recogió en el fondo de la segunda cueva, me encapacho con bijao y me cargó a hombro por toda la selva. Me trajo hasta la misma orilla de la quebrada donde estoy sentado.

El temor inundó los espepitados ojos de asombro del cazador y antes de que Pablo José terminara de hablar, se desmayó, pero en su lejana inconciencia alcanzó a escuchar:

—“No le dije, que hoy era mi día, y que me iba a cargar por toda la selva”.

Informante. Gerineldo Valdez

 

  1. COMUNIDAD DE LOS TERMALES

 

ENTUNDAO

Cuenta don Pablo Córdoba, plantero  de  la población afro de Los Termales, Golfo de Tribugá costa pacífica chocoana, que cierto día que salió de cacería, le sucedieron cosas muy extrañas.

“Me fui a cazar de noche por los lados de Terco, la marea estaba seca. Dentré en la quebrada. Llevaba cartucho delgado en la escopeta y machete grande. Quebré la escopeta para cambiar cartucho. Ponerle uno bueno, responsable, número cuatro. Se me cayó, me agaché para recogerlo y no lo encontré; lo busque y lo busqué… y nada. Me cansé. Debía continuar mi cacería, pero antes de seguir, coloqué seña donde estaba parado, para volver otro día por él. Caminé quebrada arriba y a unos  doscientos metros de donde estaba, encontré una guagua entrando a las aguas de la quebrada, no me sintió,  estaba a pocos metros, un tiro que no se podía errar, apunte con cuidado y… ¡pum!, tiré. La guagua pegó un brinco, un salto al seco, a tierra. Le hice otro tiro, y desapareció en el monte.  Seguí aguas arriba, luego me metí a otra quebrada que desembocaba por la que yo iba, oí un tropel en el monte, tigrillo, pensé.

El estropicio seguía ahora en las aguas de la quebrada, alumbre para el plan  y una guagua venía bajando, jalé el gatillo y disparé. La guagua salto a tierra y desapareció. Seguí lampareando, lampareando y de pronto… otra guagua apareció,  apunté ahora con más cuidado y disparé, la guagua salió a tierra y se perdió en la oscuridad del monte.  Dejé la quebrada y me fui hacia el yucal, no más había entrado cuando encontré una guagua sentada. ¿Será para mí?. Tenía el pecho blanco. Tiré y tranquila se fue. Todo el cuerpo se me espelucó y la cabeza se me puso grandota. Esto no puede ser cosa buena. Me encomendé a Dios, y me devolví a casa. Conté la historia y no me creyeron, se rieron de mí. Al día siguiente me fui a Terco a buscar el tiro perdido. Lo busqué cuidadosamente,  palmo a palmo por todo el derredor de donde había marcado, cinco metros a la redonda.  Un cartucho caído de la mano, por mucho que rebotara no podía ir más allá. No encontré nada. Me volví pensativo a casa. Entonces reflexioné. No soy mal tirador, cuatro tiro a quema ropa y un cartucho perdido extrañamente.  Eran los brujos que me cargaban entundao.

Informante Pablo Córdoba

 

LA MUERTE QUE VUELA SOBRE LA PIEL DEL MAR

Wilson Valencia, pescador profesional de Termales tiene una hermosa casa a orillas del Pacífico. Un tambo palafítico que mira al mar, de los pocos que hoy conservan aún el techo de palma y el piso alto levantado sobre pivotes de guayacán, y armado en tablones de madera fina. La parte delantera es destapada con barandas bajas de varetas paralelas;  la amplia terraza marina se extiende en  rectángulo donde cabe la cocina y la paleadera para lavar y colocar la losa, cortada al final por la pieza o dormitorio, igual de cerrada  y oscura como todas las casas tradicionales afros. Un pasillo que da a un pequeño patio  donde está el acceso a la vivienda, el patio termina frente a  la angosta calle del poblado, coronado por una vieja veranera de gajos morados. Una hilera de plantas en macetas sobre la baranda primorosamente cuidadas por su mujer adorna el paisaje familiar. En el pequeño patio también hay cuerdas para la tender la ropa y en el centro  una pila de piedra china recogida en la playa para alguna futura construcción. Las sillas de Wilson son tucos de balso, estrechos de cintura que semejan boyas de pesca y que en hilera acomoda sobre el barandal cuando no están en uso. A diferencia de las típicas casas negras de estos lares, cerradas y oscuras, la terraza abierta de Wilson le permite no solo luz y aire sino sentarse en ella y contemplar el mar, la amplia y larga playa que deja la marea baja  hasta el Morro de Terco, un promontorio de roca coronado de árboles. Cuando le digo que me relate una historia de pesca, mira el mar en lejanía, la champa volteada que duerme su sueño de agua, los perros que sestean enroscados en la arena. Las risas de los niños jugueteando con las olas se extienden a cuyá con el rumor quejumbroso del mar:

“Eso hace ya bastante tiempo.  Nos fuimos una noche con papa en busca de la albacora.  Remamos hacia los riscales, esos enorme promontorios de roca que sobresalen en el mar y es la casa de muchos peces.  Era tiempo de buen pesca, cuando del norte llegan los cardúmenes de sardinas y detrás de ellos los grandes peces, y más atrás. Las grandes fieras, el mero gigante, la tintorera voraz y el tiburón tigre; animales a veces son más grande que nuestros livianos botes de pesca. Hay que andar con mucho cuidado y el temor siempre está en el fondo de los ojos. Ojos que poco ven en la oscuridad del mar. Los peces rodean los cardúmenes y las sardinas arremolinadas empiezan a dar vueltas y revueltas, es cuando aprovechamos, nos vamos hacia el remolino y metemos nuestros canastos y obtenemos la carnada, de inmediato se preparan los anzuelos, el baile no durará mucho.  Los depredadores atacan el cardumen por todas partes, las sardinas se desbandan y como pájaros que vuelan en el agua, se alejan de sus depredadores, pero antes, muchas ya están en el estómago de los voraces peces. Cuando las sardinas se escapan, los peces como alocados, aún hambrientos, las buscan afanosamente por todas partes, aprovechamos y lanzamos nuestros anzuelos con sardinas vivas, y uno a uno van cayendo para nuestro bien.  En esas andábamos cuando mi papa de oído más experimentado, exclamó:

¡Ojo, mijo! ¡Agujas!. Apaga el mechón. Que la luz las atrae. Las agujas en su alocada persecución a las sardinas o huyendo ellas de algún depredador, si  detectan  algún obstáculo en su camino,  literalmente saltan, vuelan en el aire como los peces velas,  para luego caer de cabeza nuevamente a las aguas. Padre había oído el borboteo de las agujas que como flechas cortan en su carrera superficial la salada piel del agua.

¡Viene aguja, mijo!, volvió a gritar, y no sabemos por dónde van a pasar. ¡Al plan de la canoa! Sentí mucho temor. Por instinto metí la mano cuando algo se me vino encima, me rozó la mano, sentí la aserrada de la piel y de inmediato algo que me atravesaba el cuello,  sentía la sangre en mi mano, la barca se bamboleo peligrosamente cuando padre se tiró el piso, el canalete y el mechón se perdieron en las olas de la noche, quedamos a oscura y sin nada con que impulsarnos.   Sentía que algo que colgaba de mi cuello se sacudía bruscamente,  lo que fue cayó a mis pies,  me lleve la mano a la garganta y sentí que la sangre manaba. ¡Alúmbreme aquí con la linterna!, le dije a mi papá. Padre alumbró. Por aquí tiene el hueco. Metió el dedo en la herida  y me tocó la espina,  el pico del pez que  me había atravesado  se había partido y tenía el pedazo incrustado, sentía calambre en el cuello y un intenso dolor de oído. Trató de sacármelo, pro no soportaba el dolor. Imposible dijo el viejo, esa sierra tiene ganchos, y si se lo jalo, lo destrozo por dentro.  Vamos de aquí. Trague saliva, dijo padre. Tragué saliva y pasó. “Está bien” dijo. “Está bien”, volvió a repetir. “Estoy bien”, me dije a mi mismo.  Remando a mano, nos acercamos al Morro de Terco a eso de las nueve de la noche. A pie nos vimos casa, playa a playa.  “La aguja me ha roto y tengo el pico adentro”, le dije a mi familia. Puedo hablar pensé. “Estoy bien”. Pero que bien iba estar con una sierra clavada en mi cuello. De inmediato se armó viaje para Nuqui, pero allí debí desplazarme a Bahía Solano para que me tomaran una ecografía y ver como estaba clavada esa espina. En el Hospital de Nuqui no hay ni una pastilla. “No podemos sacar eso aquí, debe irse para Medellín”. Allá estuve  cinco días. Me rajaron y me la sacaron. “Tuvo suerte amigo”, me dijo el médico cuando me venía, “un poquito más hacia la garganta y hubiera muerto ahogado en su propia sangre”.

Wilson se silencia, mira el mar y sonríe, luego exclama: En el mar uno nunca sabe que lo espera… si la vida o la muerte.

Informante: Wilson Valencia

 

  1. COMUNIDAD DE PARTADÓ

 

CACERÍA DE ZAÍNO

Cuenta el cazador Paulino Mendoza, que un día se fue de cacería, con el deseo de matar un zaíno para alimentar a su familia, y si lograba una pieza responsable vender alguna libra a los vecinos. Pronto encontró las huellas, pero caminó y caminó y nada que aparecían los cerdos salvajes,  las huellas siempre seguían. Había pasado todo el día, la tarde caía, y las huellas seguían andando, varias veces tuvo intención de volver a casa, pero llegar con las manos vacías no era su intención. De pronto se dio cuenta que tan larga caminata de los zaínos se debía a que sus huellas las acompañaba la huella del tigre que los estaba siguiendo. Los zaínos lo sabían y por eso no paraban su andar.. Ahora si pensó en devolverse, pero el gruñido y espantar de los cerdos montaraces le hizo detenerse, era tigre cazando. Sigiloso y silente siguió prudente las huellas y  a la vuelta de un gran árbol  se encontró de frente a frente con el tigre que tenía en sus fauces a un enorme zaino. No lo pensó dos veces, sabía que tigre no abandonaría fácilmente su presa. Tigre sintió al intruso, alzó la cabeza y lo miró con ojos de rabia.  En ese instante  Paulino disparó su escopeta, como el tigre estaba echado sobre el zaino, el tiro entró por las narices, penetró los órganos internos y murió al instante. Como pudo cargo a los dos animales, pero no avanzaba mucho la carga era muy pesada e incómoda, por trayecto cargaba a un animal y volvía por el otro, extenuado se percató que la noche avanzaba, dejó a tigre al pie de un árbol y se fue presuroso con el zaíno que le había robado a tigre. Contó lo sucedido y un grupo de vecinos y familiares se internaron en la oscuridad de la manigua a buscar a tigre, extenuados pero jubilosos llegaron a la media noche con el tigre. Y así la Familia de Paulino tuvo carne para varios días y Paulino unos buenos pesos por la venta de la preciada piel del jaguar americano.

Informantes: Manuel Remigio Salas y  Evangelista Salas

 

EL TIO ANTONIO VALENCIA Y LA TINTORERA

Cuenta el tío Antonio Valencia que en un tiempo de sardina, una tintorera se lo iba a sacar de la lancha. La tintorera es considerada una fiera, un enorme tiburón de fauces voraces capaz sacar a un hombre de su embarcación.  El tío  Antonio Valencia estaba pescando atún e iba en una barca pequeña. Estaba encima de un ruedo de sardina cuando la enorme fiera lo atacó, por fortuna estaba alerta pues sabía que las fieras merodean los cardúmenes de sardinas, donde los enormes atunes llegan a comer. Evitó el lance y toda la barquilla se estremeció. Rápidamente abandono el ruedo de sardina pensando que la tintorera lo dejaría quieto, pero ella lo siguió, al parecer quería una pieza mayor. Sabía que su barca era muy frágil y no aguantaría otra embestida del enorme pez, no tuvo más remedio que tirarle los atunes que había pescado, para entretenerla y alejarse lo más pronto, pero el animal estaba decidido a no dejar su presa, cuando agotó la buena remesa de atunes que tenía, la tintorera lo atacó, volteándole la embarcación. El tío Valencia por fortuna cayó del otro lado de donde estaba la tintorera y rápidamente se subió al lomo de su canoa acostándose boca abajo sobre ella. La tintorera desorientada lo buscaba y lo buscaba por todos lados para devorarlo.  El tío Antonio Valencia había ido por unos atunes y ahora el atún era él. Alto, delgado y de piel morena de su raza afro y la doble insolación de sus largas jornadas diurnas de pesca, que la recibe del astro candente y la reflejada por las aguas del mar, sirvieron para mimetizarlo contra el fondo oscuro y húmedo de su embarcación. Allí abrazado al bote, sin mover un musculo del cuerpo que lo delatara. se encomendó al que consideraba el más altísimo de los cielos y esperó su muerte con resignación, mientras la tintorera inquieta, daba vueltas y revueltas en torno  a la canoa, se alejaba y volvía presurosa en busca de la presa que vio caer por el borde de la canoa.  Tuvo suerte el tío Antonio que su hermano que pescaba cerca de él, se dio cuenta del percance y vino en su auxilio y lo salvó del peor momento de su vida.  Así es el mar dice el tío Antonio Valencia, hoy  te da  y mañana te quita.

Informantes. Antonio Valencia y Evangelista Salas

Nota: Don Antonio Valencia es habitante de Los Termales, sus historias están en todas la comunidades del Golfo, pero estas se recogieron en Partadó y Termales

 

 

NADANDO ENTRE FIERAS

Una vez me fui a pescar, estaba encima  de un ruedo de sardinas tratando de cogerme una albacora (especie de atún). La albacora se pegó y yo venía jalándola, cuando la tenía casi a flor de agua una enorme tintorera me la atrapó, y fue tan fuerte  el envión que me sacó de la canoa y caí al ruedo de las sardinas que eran atacadas por cientos de albacoras y otros atunes, que a su vez eran devorados por  los tiburones; alocadas las sardinas nadaban vertiginosamente en círculos cercadas por los atunes, que a su vez eran acorralados por los tiburones, en ese festín de peces esta ahora yo entre miles de fieras,  los tiburones estaban tan concentrados en su comida preferida que cuando  atacaban a los atunes velozmente les importaba un comino rosarme con su piel de lija, era tanto el temor y el apremio por salvarme que ni pensamientos tuve para encomendarme a Dios, nadé alocadamente hacia la canoa y logré embarcarme. Medio achiqué mi lancha que estaba llena de agua y me alejé rápidamente del lugar.

Informantes. Antonio Valencia y Evangelista Salas


 

Contraportada

COMPOSICION FOTOGRAFICA

Dos fotografías: un rostro afro y uno embera (jugar con diseño, montaje con fondo selvático y marino, algo así, mágico que raye en el surrealismo, mucho color, flores, pájaros, animales selváticos, “mira a ve” nojoda).Seguido de texto.

TEXTO:

El en el desorden social y  ambiental actual del Planeta Tierra hay dos caminos: el camino corto que transitamos que no tiene alma ni color y nos llevará a la sangre y  al abismo, y el camino verde, largo y sostenido, que quizás nos lleve a la utopía, a los sueños. “La Madre Tierra está resentida, por todo lo malo que hace el hombre”, dicen los viejos afros y emberas.

Estas historias y leyendas de los pueblos indígenas emberas y afrochocoanos del Golfo de Tribugá, Costa pacífica chocoana, es un grano de polvo en el mar de las angustias; una hoja  verde del camino verde, que expresa algo que no hemos valorado: el Conocimiento Tradicional sustentado en la magia y en el color verde. Debemos volver a soñar y actuar para que los pájaros sigan cantando, para que el  gusano se convierta en flor alada… y para que en el alma de los hombres de la tierra no siga reinando la oscuridad y el descolor en los pies y en el alma.

Antonio María Cardona: Recopilador. Escritor y soñador verde.  Natural de Ciénaga de Oro, Valle del Sinú, Córdoba. Ha dedicado su vida a la literatura y a la investigación antropológica cultural entre las etnias más remotas de Colombia. Su obra está inédita. 

Logos de Organizaciones e instituciones

ASOREWA. CAMIZCOP, RISCALES, IAAP, MINAMBIENTE, PNUD, GEF.

 

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Proyecto: <<Incorporación del Conocimiento Tradicional asociado a la Agrobiodiversidad en Agroecosistemas colombianos>>.

 

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